¿Dime cómo es mirar a diario las cenizas que dejé en tu casa
cuando apagaste el incendio de mis ganas de amarte tanto?
se ha quedado esa parte de mi
porque ni un año ni cien mil
podrán borrar tal devastación.
y es que tu casa era tu cuerpo,
donde yo habitaba porque la soledad
me enfriaba las ciudades y las calles
por donde anduve así que preferí
hacer nido para no huir
y todo lo demás se construyó
en promesas que aplastábamos
y armábamos porque me imitaste,
tampoco querías estar solo ni huir.
De pronto el verano acabo con nosotros
convirtiéndose en un invierno irrevocable
mientras arreglábamos el mundo para estar juntos,
algo que ninguno de los dos deseaba,
negábamos a escondidas besos acostumbrados al dolor
y miradas extraviadas en otros ojos que fueran futuro.
Tuvimos la desazón a manos llenas
y nosotros la llamábamos amor
cuando desnudos en la cama
nos atravesábamos la carne,
tú apresurado por estar dentro de mi
y yo angustiado por que dentro de mi
solo había razones para abandonarte.
Fuimos haciendo el amor
que nunca hicimos,
que nunca fuiste
para mi,
jugué con tu cuerpo al olvido
porque besarlo era pedirte perdón
por no haber respetado tus sueños
o tu afán por protegerme de mi mismo.
La salvación no era contigo.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Diga Usted.