Ya escogí tu pecho para quedarme
exigiéndole al cielo un trozo de luz
para que ilumine nuestros huecos
cuando la oscuridad me distraiga
para besarlos,
porque no quiero que falte ningún sitio
de tu cuerpo donde pueda declararme
ave, bosque, océano, llamarada.
Y tú quien ya eres tanto,
solo basta que me empujes con suspiros
hacia tu boca, esa única verdad
que tienen los que han vivido besando
a la luna o lamiendo estrellas en descenso.
Quedarme significa también perderme
y como es en ti,
vale tanto la pena como solo encontrarme
si es enredado en tu pelo o jugando entre
tus muslos esperando la llegada de tu venida
y la esperanza de volver a empezar, una vez,
otra vez y otra vez,
lo suficiente para no cuestionarle nada
a lo que somos mientras se nos resbala
el placer del alma.
Soy de ti desde el rocé de tu historia con mis penas
hasta cuando las alivias con la yema de tus dedos,
repitiendo gestos de victoria porque sabes
que prefiero ser por ti la bitácora de todas
de tus caricias y la multiplicación de razones
para que tu pecho sea mi casa.
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